Por Cristian Urzúa Aburto
Publicado en Tell Magazine, Edición Febrero 2017
La ascendente oleada
de incendios en Chile y la catástrofe incendiaria de Pumanque han puesto la alarma este verano por el control de estos siniestros, los que han generado una
destrucción significativa en la naturaleza y poblados del territorio. En otra
ocasión nos referimos al acontecer
infausto, como aquella mentalidad colectiva generada por una larga consecución
de experiencias catastróficas ocurridas en el país. Ahora quisiera hablar de aquellos
sujetos encargados de combatir estos eventos: el cuerpo de bomberos.
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Primera Compañía de Bomberos Unión y Deber de San Fernando, circa 1900. |
A fines del siglo
XIX, tras el incendio de un establecimiento
comercial en la estación del ferrocarril de San Fernando, los artesanos de la sociedad
Unión Fraternal vieron la imperiosa necesidad de crear una compañía de bomberos
como las que se habían creado en Rancagua (1883) y Curicó (1888). Así, el 15 de
noviembre de 1899 se funda la Primera Compañía de Bomberos “Unión y Deber” de
San Fernando por iniciativa de los artesanos Eugenio López Donoso y Amador
Veliz Canto, dándose el pie inicial para la organización de la bomba con la especialidad
de hachas, ganchos y escaleras. La primera generación de bomberos estuvo
integrada por artesanos y obreros sanfernandinos, según consta en el registro
de voluntarios. Serían sastres, carpinteros, zapateros, hojalateros, entre
otros, que pese a sus escasos recursos, resolvieron dar este servicio para el
bien de la comunidad.
Cuatro años después
se funda la Segunda Compañía de Bomberos Chile-España a cargo de ciudadanos
españoles. La creación de la compañía generó simpatías en la comunidad logrando
tener numerosos benefactores, pudiendo adquirir así los elementos
indispensables para su trabajo. En las primeras décadas del siglo XX, la
primera y segunda compañía fueron las únicas bombas provinciales hasta que en 1952
se funda una tercera. Fuera del trabajo en la urbe, estas debían atender además
los llamados de los sectores rurales del valle de Colchagua hasta Santa Cruz. Una
de sus primeras máquinas fue la querida “Peta”, una bomba de agua arrastrada
por caballos, artilugio que tenía un carro especial para su transporte en el Ferrocarril
de San Fernando a Pichilemu.
La historia de
bomberos es una historia de esfuerzo y sacrificio. Enrique Neiman, célebre
escritor local y bombero a la vez, recuerda un voraz incendio de una fábrica de
chuño al final de la calle Junín (hoy Manso de Velasco). Según cuenta, tras
despertarse a media noche por la alarma de incendio, acude al sitio donde,
dice, “me encaramo por la escala, la manguera al hombro hasta llegar la altura
del segundo piso, todo el trajín en sociedad de mi amigo Arturo Batarce y
justo, cuando dan el agua, ambos nos vamos guarda abajo. Todavía adoloridos,
nos metemos a la bodega, notando extrañados que el agua acumulada en el suelo
está tibia. Unos gritos del capitán nos ordena salir inmediatamente, pues hay
cables de la luz cortados y el agua lleva grados eléctricos”. Este testimonio evidencia
la complejidad del trabajo bomberil y los riesgos a los que estaba expuesto su
personal.
Sin embargo, no
siempre las cosas resultaban bien para estos hombres. El primer mártir de la
institución fue el bombero Estanislao Díaz Pacheco, quien falleciera el 20 de
junio de 1947 tras asistir al incendio de las casas del fundo “Macarena” en
Tinguiririca. El derrumbe del techo donde se encontraba lo precipitó al suelo,
muriendo abrasado por las llamas. En el salón de honor del cuartel, un altar
con su casco calcinado recuerda su sacrificio. Pese a lo anterior, los bomberos
siguen en pie, con prestancia, orgullo y valentía, validando el compromiso
adquirido con la institución, según reza el himno de la segunda compañía: “Con
el alma iluminada de un sublime resplandor atendemos la llamada que nos impone
el honor”.