miércoles, 1 de octubre de 2014

Significado histórico de la Batalla de Rancagua en el contexto de su Bicentenario.


Por: Cristian Urzúa Aburto

“Hace días he visto al pueblo agrupado en torno a la estatua de O’Higgins. ¿Qué hacían esos hombres al pie del monumento? ¿Qué esperaban? ¿Buscaban acaso protección a la sombra del gran patriota?
    Tal vez creían ellos que el alma del Libertador flotaba en el aire y que de repente iba a reencarnarse en el bronce de su estatua y saltando desde lo alto del pedestal se lanzaría al galope por las calles y avenidas, dando golpes de mandoble hasta romper su espada de tanto cortar cabezas de sinvergüenzas y miserables.
    No valía la pena haberos libertado para que arrastrarais de este modo mi vieja patria, gritaría el Libertador.”
 Vicente Huidobro. “Balance Patriótico”.



"Carga de O'Higgins", Pedro Subercaseuax.
En el corazón de la Plaza de Los Héroes de Rancagua se yergue la imponente estatua en homenaje al General Bernardo O´Higgins, monumento ecuestre inaugurado en el Centenario de la batalla de Rancagua el 2 de octubre de 1914. Exactamente este año se celebra el Bicentenario de la batalla de Rancagua para lo cual las autoridades han dispuesto una especial celebración para conmemorar este episodio clave en la historia nacional. Se sabe que esta batalla pone fin a la patria vieja y dió comienzo a la reconquista española; pero ante todo, este hecho se recuerda como una tragedia por las muertes, saqueos, vejaciones y destrozos que provocó a la ciudad. En el marco de esta celebración dedicaré algunas palabras para indagar sobre el significado que para nosotros pueda tener esta conmemoración.

En esta instancia los discursos oficiales destacan el sacrificio de los caídos y el heroísmo de sus soldados. Por añadidura, estas proclamas incluyen imágenes sobre la prodigalidad y belleza de la región, y dirán también que aquí subyace lo más típico del Chile tradicional. En conjunto, el discurso constituye una suerte de “tarjeta postal” que idealiza el pasado y el presente. En este espacio he destacado todo eso, pero al mismo tiempo, he tratado además de develar las fisuras que impiden el desarrollo regional y los mitos que se tienen por verdades constituidas. Digámoslo de otro modo: si uno no se conoce bien, con sus defectos y virtudes, no puede construirse como sujeto, grupo o sociedad porque sus convicciones derivan de una falsa y antojadiza comprensión de la realidad. Y es que la memoria suele ser engañosa, y los datos que de ella derivan, así como sus interpretaciones, pueden digerirse sin el menor filtro reflexivo. El pasado no es como una vitrina de museo dispuesta para su contemplación, el pasado sigue vivo en el presente y condiciona el desarrollo de hechos ulteriores. A mi modo de ver es un acto vacío conmemorar sin hacer una reflexión del significado de aquellos ideales que defendieron los hombres que fueron masacrados, expropiados y vejados en Rancagua.

Lo primero, la gran figura: Bernardo O’Higgins Riquelme (1778-1842) fue un patriota convencido que defendió con bravura la causa independentista en todo combate donde luchó; odiaba la monarquía y su sistema de privilegios y es por eso que al asumir el gobierno abolió los mayorazgos y títulos de nobleza creando la Legión al Mérito. Este dato es importante, pues hay que recordar que O‘Higgins fue una figura que representó los intereses de un emergente estrato medio, de alguien que a pesar del estigma de su origen –el “huacho” Riquelme le decían sus detractores– representa el pujante esfuerzo de quién logra elevarse socialmente por méritos propios en una época donde la nobleza chilena enrostraba fuertemente su jerarquía. Como hombre de la época, romántica y revolucionaria, educado en Inglaterra y adoctrinado en la Logia Lautarina, fomentó los ideales de la ilustración: liberté, egalité y fraternité. Como hombre integral –tal Napoleón– su interés no sólo fue militar sino político, ya que fomentó la educación creando escuelas, restaurando la Biblioteca y el Instituto Nacional.

Por otra parte O‘Higgins era un hombre práctico. Notaba que la democracia no podía ser universal porque distinguía una ausencia de “civilización” del pueblo, y es por eso que combatió los vicios públicos reprimiendo las costumbres y diversiones populares. Se ganó el odió de las regiones por tener un política centralista y apoyar los intereses de los mercaderes que, en conjunto con la animadversión de la aristocracia, terminaron por forzarlo a renunciar al cargo de Director Supremo en 1823, que para entonces ya tomaba el aspecto de una dictadura. Cabe recordar las sospechas que sobre él caen respecto a la muerte de Manuel Rodríguez y su tibia postura frente al fusilamiento de los Carrera. Al momento de su abdicación había varias visiones sobre el país que se quería construir: las ideas de Carrera o Rodríguez, los intereses de las Provincias o los “Pueblos”, el Centralismo de los mercaderes, entre otras, son algunas de las ideas políticas que predominaban en aquel entonces. El exilio de O‘Higgins en Lima lo separó de la política hasta el día de su muerte. ¿Cómo habría evolucionado el pensamiento del procer de haber seguido en la palestra pública? No lo sabemos, pero con o sin él la historia siguió su propio curso, aún cuando hubiera algunos seguidores que anhelaban su regreso. 

Dejando de lado a los siempre visibles y homenajeados héroes, deslicemos nuestra visión sobre el lado siempre oculto de la historia: la enorme masa de soldados, mujeres y niños que perecieron en Rancagua. Según Luis Valencia en su obra Campaña y batalla de Rancagua, el ejército chileno perdió 700 soldados, mientras que el brigadier Español Mariano Osorio perdió unos 31 oficiales y 400 soldados. Las cifras varían en pocos números según uno y otro autor, pero es una referencia representativa para calcular la magnitud de la catástrofe, sin contar los heridos, vejados, expropiados y exiliados. Sin embargo las cifras, el homenaje siempre recae en aquellos hombres visibles de la historia. Citemos un ejemplo bastante grafico de esta focalización. Pedro Subercaseaux, “pintor de la glorias de Chile”, en su obra “Carga de O‘Higgins en la Batalla de Rancagua” representa a la oficialidad patriota con el prócer a la cabeza pasando sobre el enemigo. Sin embargo, en ésta como otras obras no se representan a la masa del pueblo… ¿Dónde están esos 700 soldados mal armados y sin uniforme? ¿Y las mujeres y niños vejados? ¿Dónde está el herrero que forjaba las espadas? ¿Donde las hilanderas que tejieron las charreteras? ¿Las cocineras que alimentaron a los patriotas? En definitiva, la construcción de la nación no es un proceso de una elite, sino que constituye el esfuerzo de todo un grupo como sociedad. Por su parte, en los numerosos libros de historia respecto a este hecho solo se remiten a señalar el carácter épico del enfrentamiento. Por tanto ¿dónde está el reconocimiento a estos grupos, donde su historia o sus monumentos? Seamos justos, existe la “Tumba al soldado desconocido” en la catedral de Rancagua, efigie que guarda los restos de los soldados patriotas. Pero no es suficiente.  

Saltemos ahora al presente, pues el hecho y su significado tienen más largo alcance del que normalmente se le atribuye. El acto conmemorativo como mecanismo cívico del recordar debe evolucionar, pues tras 200 años de celebración pareciese que la inercia lo ha despojado de una reflexión crítica que potencie los ideales defendidos en aquel momento. Ese pasado debe tener una función aleccionadora para construir en el presente el futuro regional. Los ideales republicanos no desaparecieron con la gesta de la independencia, ya que país se construye día a día. Se ha avanzado desde entonces –qué duda cabe–, pero es necesario seguir haciéndolo, pues viejos problemas aún subsisten y nuevos han aparecido. 

La desigualdad social, problema de largo aliento, parece no tener solución, pues la brecha entre ricos y pobres aumenta día a día. Según informes de la OCDE, San Fernando y Rancagua son las ciudades donde más ha crecido la pobreza entre 2006 y 2011, ubicándose en los puestos 17 y 20 respectivamente, de las 26 ciudades examinadas, y entre las 10 donde más ha crecido la pobreza en los últimos 5 años. Esto se debe a las migraciones de familias pobres y a la precariedad de las condiciones laborales. De acuerdo a estudios de la Fundación Sol el 50% de los rancagüinos gana menos de 300 mil pesos mensuales y el 50% de las mujeres gana menos de 250 mil, por lo que es necesario mejorar el sueldo y la brecha salarial entre hombres y mujeres. El subempleo aumenta y la externalización de los servicios también: ha aumentado el subcontrato y el enganche agrícola. El 20% de los trabajadores rancagüinos son “asalariados falsos”, es decir, no tiene contrato que formalice su relación laboral.

En los tiempos de Don Bernardo la agricultura era la actividad predominante, por lo que aquellos que no poseían tierra para cultivarla tenían que inevitablemente emplearse en las haciendas para trabajar en las siembras, cosechas, rodeos o trillas. Esta masa laboral conocida como peones, eran trabajadores jóvenes, pobres y con escasa disciplina, se “enganchaban” sin contrato de trabajo y con bajos sueldos; la seguridad social era desconocida. Hubo de surgir el movimiento obrero y campesino a fines del siglo XIX para cambiar dichas condiciones laborales, de modo que tras doscientos años de movilización popular, negociaciones y debate parlamentario... en fin, con avances y retrocesos, tenemos aún a trabajadores laborando en condiciones precarias, francamente decimonónicas. En enero de este año se denunció la explotación y abandono de 200 trabajadores por parte de la empresa Exportadora Verfrut de Las Cabras, donde sus trabajadores eran obligados a trabajar más de 12 horas diarias y se les prohibía abandonar la jornada; a quienes osaban renunciar eran puestos en “listas negras” para evitar su contratación en empresas aledañas. Caso lejos de ser coyuntural es parte ya de una tendencia. Recordemos en 2011 el juicio a Francisco Javier Errázuriz por acusación de tráfico de 150 inmigrantes con fines de explotación laboral (trabajando a destajo y con una comida diaria declaraban las víctimas). La fiscalización es limitada para contener estos abusos. Para ser sinceros, pareciera ser que en estos casos el peonaje del siglo diecinueve trabajaba en mejores condiciones que el obrero rural actual.

Nuevos problemas arrecian hoy a la Región de O‘Higgins. En 1814 la villa de Rancagua, no sufría problemas de contaminación de tipo alguno, la escasa población poco impactaba a la villa como para afectar el equilibrio del ecosistema. Dicha situación cambió para el Centenario Nacional en 1910, ya que por entonces se inicia un desarrollo industrial que impacta a la ecología urbana produciendo residuos contaminantes, mientras que en ranchos y conventillos sus habitantes no poseían equipamiento urbano adecuado, lo que se tradujo en una alta tasa de moratalidad infantil. Desde 1906 la mina El Teniente inicia su producción cuprífera provocando un impacto ambiental sensible hasta el día de hoy con la emisión de residuos. La contaminación atmosférica toma caracteres gravísimos para los ciudadanos. Según el último Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la ciudad más contaminada de Chile es Rancagua junto a Chillan y Temuco. El uso de calefacción con leña seca y quemas agrícolas, polución de la minería de El Teniente, parecen ser las principales fuentes de contaminación. Esto provoca en época invernal graves enfermedades respiratorias, y a largo plazo muertes por infartos y ataques cerebrales. Es por tanto necesario tomar medidas que ayuden a prevenir y mitigar los impactos ambientales. Se han hecho esfuerzos al respecto, es verdad, pero ello no ha sido suficiente por lo que acciones más enérgicas deben tomarse.

Desde que se firmó el acta de Independencia de Chile en 1818, la forma de organización del país estuvo siempre en debate. De acuerdo a la visión política de O‘Higgins era necesario un gobierno fuerte mientras se aseguraba la independencia nacional, bosquejando así los lineamientos del futuro centralismo que subsiste hasta el día de hoy. Sin embargo en 1823, por la presión de sus opositores y las Provincias, el prócer tuvo que autoexiliarse al Perú donde vivió alejado de la política hasta el día de su muerte. Distintas a las ideas del prócer, hoy las propuestas de regionalización, a propósito de la próxima ley de descentralización, parten desde ya mal formuladas, esto es: surgen desde la capital y no de las regiones. Por lo dicho es necesario integrar la opinión de los propios ciudadanos en el diseño de dicho proyecto. Temas tales como la elección democrática del Intendente, la captación e inversión de los recursos regionales, la instalación de una Universidad Regional, la mayor participación popular en las decisiones locales o la contención de profesionales y técnicos en la región, son algunos de los asuntos a debatir ahora. A corto plazo la idea más potente es la instauración de una Universidad regional del Estado. Recordemos que ya se han instalado iniciativas parecidas con un rotundo fracaso por la fuga de estudiantes y las bajas matriculas, aunque recordemos también que las universidades instaladas eran privadas y caras. Una universidad regional debe velar, en primer lugar, por el progreso regional creando capital humano acorde a la orientación productiva y cultural de la región e incentivar programas de investigación en esta materia, asegurando la gratuidad o, a lo menos, aranceles razonables que no comprometan el bolsillo de las familias de la región.

Lo descrito es un cuadro sucinto y fragmentado de la actualidad regional, pero que representa una realidad concreta. El pasado, por tanto, tiene una franca repercusión en el presente que no debemos desconocer. Como decía el poeta Huidobro en el fragmento citado, O’Higgins no bajara de su caballo a solucionar nuestros problemas. Como ciudadanos debemos nosotros tomar las riendas del destino para construir el futuro que queremos. Pero para construir ese futuro debemos examinarnos honesta y críticamente, pues tener una imagen idealizada de la realidad puede llevarnos por caminos equivocados. Por lo dicho, el bicentenario de la Batalla de Rancagua no debe ser sólo una conmemoración contemplativa, sino que debe tener además un carácter propositivo que plantee compromisos a corto y largo plazo.   

lunes, 29 de septiembre de 2014

Investigación propone estudiar los orígenes de la cultura obrera en la ciudad de San Fernando



Un grupo de historiadores está iniciando una investigación sobre las condiciones sociales de la ciudad entre 1890 y 1930.

Obreros de la construcción, 1921.
El equipo de investigadores conformado por los historiadores de la U. de Chile, Cristian Urzúa y Abel Cortez, están iniciando un estudio sobre el origen de la cultura obrera y las condiciones sociales de la ciudad de San Fernando entre los años 1890 y 1930, con la idea de conocer las problemáticas de vida, así como las organizaciones sociales que los trabajadores fueron desarrollando. 

A este respecto, Cristian Urzúa, Responsable del Proyecto, señala que el inicio del siglo XX es vital para entender el desarrollo urbano y social de San Fernando: “El crecimiento industrial y urbano de la ciudad hacia fines del siglo XIX da forma a la sociedad local, con sus problemas sociales como con sus potencialidades organizativas del mundo popular. Es un proceso no analizado en la historiografía local y que queremos comenzar a develar, ya que cuando se habla de la “cuestión social”, como el conjunto de problemáticas del mundo popular en aquellos años, sólo se ha observado este proceso desde Santiago y con esta investigación queremos conocer cómo una ciudad de la Región de O’Higgins vivió este momento".

Por su parte, Abel Cortez recalcó que San Fernando tiene mucho que contar: “Hay gran cantidad de archivos y documentos sobre esta ciudad, por lo que todavía hay mucho que decir sobre este espacio de la histórica provincia de Colchagua. El proyecto es muy interesante y queremos poder continuar con el estudio con un enfoque moderno y desde una perspectiva interdisciplinaria”.

El proyecto ya tiene consolidado el diseño del estudio, y espera conseguir fuentes de financiamiento tanto para iniciar el proceso formal de análisis sistemático de las distintas fuentes históricas de la ciudad existente en el Archivo Nacional, como para la publicación de un libro que divulgue los resultados del estudio.

El Equipo de investigación conformado por Urzúa y Cortez ha desarrollado diversas investigaciones sobre la historia de espacios regionales tanto en Colchagua y otras regiones de país.  A su vez Urzúa realizó su tesis de pregrado y magíster en Colchagua en el siglo XIX, por lo que el proyecto cuenta con un gran soporte profesional y de conocimiento que espera ser un aporte a la comunidad sanfernandina y regional.

jueves, 11 de septiembre de 2014

El Golpe de Estado en la Sexta Región: Estudio Preliminar


Por: Cristian Urzúa Aburto
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” Jorge Luis Borges.


Mientras el 11 de septiembre de 1973 los militares asediaban la moneda, en las provincias se establecían operativos buscando desarticular a los opositores y cualquier posible foco de rebelión. La historia “del golpe” y la dictadura en provincias es una historia por hacerse, pareciese pues, que la amnesia se ha apoderado de la gente que por dolor, temor o censura reprime su memoria, provocando un desconocimiento de lo ocurrido a nivel regional. Este breve estudio pretende representar a grandes rasgos lo acontecido durante este periodo en la región de O’Higgins.

Una vez tomado el poder en la región por los militares y fuerzas de orden, se realizaron detenciones en masa entre 1973 y 1974. En efecto, uno de los primeros objetivos era detener a todas las autoridades nombradas por el gobierno de Allende como regidores, alcaldes, gobernadores y simpatizantes, quienes fueron trasladados a Rancagua y San Fernando, mientras que otros fueron enviados a Peumo, Marchigüe, Las Cabras, Pichidegua, Rengo y Santa Cruz. Los detenidos fueron torturados en los cuarteles militares, cárceles públicas o cuarteles de investigaciones que funcionaron como centros de retención transitorios o permanentes hasta 1990.

Carlos Lira, escritor y por entonces alcaide de la cárcel de Rancagua, señala en un artículo de El Rancahuaso, que en esa ciudad los militares y carabineros salieron a las calles en sus vehículos tomando rápidamente el control: botaron las antenas de las radios dejando solo en funcionamiento la Radio Agricultura y recorrieron las ciudades y los campos apresando a personas comprometidas con el gobierno de la Unidad Popular, por lo general militantes del partido comunista y socialista. Según Esteban Valenzuela, en otro artículo del mismo periódico, hubo quemazones de libros en el patio de Carrera Pinto del Instituto O’Higgins donde se incineraron textos de la editorial Quimantú, de la revista Cabro Chico a Hechos Mundiales.  

Muchos de los detenidos fueron conducidos vendados, permaneciendo así durante la investigación. Los Regimientos de Rancagua y San Fernando fueron donde se concentraron la mayor parte de los prisioneros políticos, así como las cárceles de estas mismas ciudades. La mayoría de los arrestos se realizaron en zonas rurales, llevándose a tenencias, retenes y, de ser el caso, a cuarteles de investigaciones de Rancagua, punto desde donde fueron trasladados a la Región Metropolitana entre 1974 y 1990 por la DINA y posteriormente la CNI.

En la Cárcel de San Fernando, se lee en el Informe Valech que: 

“De acuerdo con lo señalado por los declarantes, eran llevados a interrogatorios al Regimiento de Infantería Nº 19 Colchagua, donde eran torturados, y volvían a la cárcel, para quedar incomunicados en pequeñas celdas de castigo, sin luz. Sólo podían salir al baño dos veces al día; tenían una sola comida diaria. Durante la década de 1980, hubo prisioneros políticos que permanecieron amarrados, con los ojos vendados y engrillados, quedando de pie por largos períodos, completamente inmovilizados. No tenían ni alimento ni abrigo. En estas condiciones eran interrogados y torturados por civiles y/o carabineros, con autorización de Gendarmería. Posteriormente, algunos detenidos eran trasladados a recintos de detención de Santiago". 

En los allanamientos sacaban violentamente a los perseguidos destruyendo sus hogares, a veces en presencia de sus familias. En los centros de detención los presos políticos permanecían hacinados en grupos e incomunicados en pequeñas dependencias usadas como calabozos, casi sin alimentación, privados de sueño, sometidos a largos periodos de posturas forzadas en pisos húmedos, mientras permanecían amarrados y con los ojos vendados. Mujeres y hombres estaban incomunicados sufriendo torturas como métodos interrogatorios. Unos fueron detenidos y torturados, algunos asesinados, mientras que otros fueron obligados a exiliarse al extranjero por considerarlos “elementos peligrosos para la estabilidad del país”. 

Salvo pocas excepciones, los textos sobre la región omiten este episodio de la historia, contándonos una “historia feliz”, ausente de conflicto, lo cual, nos guste o no, es una seria omisión a la memoria. Las obras que abordan la memoria post 1970 construyen una crónica “aséptica” de lo acontecido en el periodo, sin poner al descubierto las tensiones ocurridas. No denunciar esta ignominia contra el ser humano contribuye a hacernos cómplice de los horrores que hemos descrito.