sábado, 1 de agosto de 2015

Las Esculturas y Monumentos de la Avenida O'Higgins en Rancagua

Por Cristian Urzúa Aburto

Los monumentos y esculturas representan hitos identitarios de una localidad que definen los rasgos más sobresalientes de su historia. Tienen además un valor artístico que da vida a partes importantes de la ciudad, ornamentando plazas y bandejones para el goce estético de su comunidad. Sea uno u otro su objeto, es necesario su resguardo, pues son expresiones culturales materiales propias de una comunidad que contribuyen a la memoria y hermoseamiento de sus espacios públicos.

La Avenida O'Higgins en Rancagua es una de las arterias más importantes de la ciudad. Ubicada en el lado norte del damero histórico, se aprecia una alameda en cuya longitud corren diariamente miles de automóviles y peatones. Hacia el lado oriental conecta con la carretera panamericana hasta llegar a Machalí y hacia el poniente desemboca en la carretera H-210. En dicho paseo, de bellos jardines y añosos árboles, se han instalado numerosos monumentos y esculturas que representan los aspectos más relevantes de la historia y cultura local. 

Una parte importante de estas esculturas y monumentos se encuentran destruidos o rayados.  Les dejo unos ejemplos.  



Fig. 1: Esta obra se llama "Acoplamiento" de José Vicente Gajardo, donada en 1995 con motivo del aniversario de la ciudad. Como se aprecia se encuentra completamente rayada con grafitis. 


Fig. 2: Placas con poesía de Oscar Castro, suman más de una decena y están en su mayor parte con rayados y desgaste, haciendo imposible su lectura.

Fig 3: Esta bella escultura de Ximena Burón llamada "Los Amantes" se encuentra en regular estado, ya que parte de su estructura se encuentra destrozada.

Fig. 4: Este tótem "Piedra Verde" de 1972 pertenece al afamado escultor rancagüino Samuel Román, premio Nacional de Artes en 1968. A pocos metros Román exhibe otra escultura llamada "Amor conyugal". Ambas presentan rayados.


Fig 5 y 6: Escultura en homenaje a Salvador Allende G. de Gregorio Berchenko se encuentra en buen estado y, como se ve, en la parte posterior tiene una placa con la célebre frase de su último discurso.



Fig. 7 y 8: En el llamado "Paseo de los Presidentes" se ubican 5 bustos de Presidentes o mandatarios del país. Los de Pedro Aguirre Cerda y Germán Riesco se encuentran en buen estado, sin embargo los de Ramón Freire y José Manuel Balmaceda no se encuentran en su base. Hay otro de José Miguel Carrera, cuya elaboración parece más reciente, sobre una base donde parece haber habido otro busto.




Fig. 9: Finalmente, el "Monumento al minero del cobre" de German Ruz, estatua de cobre sobre roca, muy desgastada por rayados a tinta y objetos punzantes.

En conjunto, el grupo de piezas se encuentra en regular estado, principalmente por rayados, desgaste intencional, destrucción y robo de las piezas exhibidas, siendo las más críticas las del paseo de los presidentes. No importa cuanto gasto destinen las autoridades en su restauración, ya que es responsabilidad de la comunidad el cuidado y resguardo de su patrimonio histórico-cultural. Sería quiza interesante ver un plan de educación patrimonial para que los rancaguinos conozcan su ciudad y aprendan a quererla y a valorarla.

sábado, 30 de mayo de 2015

Una mirada crítica sobre el Patrimonio Cultural



Por Cristian Urzúa Aburto

En este Día del Patrimonio Cultural se organizarán una serie de actividades donde los bienes patrimoniales inmuebles de cada localidad serán abiertos al público en una verdadera fiesta ciudadana de la cultura. El tópico del patrimonio cultural ha tomando relevancia emergente en el ámbito nacional y últimamente ha generado grandes expresiones ciudadanas de puesta en valor, defensa y protección de inmuebles, zonas típicas y otras múltiples expresiones patrimoniales.   

En Santiago el primer gran movimiento patrimonialista fue el de los vecinos del Barrio Yungay y desde entonces no se han detenido: la defensa del Barrio Matta Sur, el Barrio Obrero y Ferroviario San Eugenio o Vicuña Mackenna 20 por parte de sus vecinos son expresiones de esta tendencia. Una confluencia de estos y otros movimientos dieron forma este sábado 30 de mayo a la Segunda Marcha del Patrimonio con la consigna “El Patrimonio es un derecho” que reafirma las densas redes e iniciativas que se han formado en torno a esta temática.  

Estas instancias son formas alternativas de patrimonialización muy distintas a las puestas en valor que ha realizado la memoria oficial. Cuando hablamos de memoria oficial nos referimos a la memoria asociada a la construcción de Estado en Chile traducida en héroes patrios (militares, estadistas o empresarios) o inmuebles del estado colonial y republicano (edificios administrativos o casas patronales) que reafirman esa visión de lo monumental, la estética occidental y triunfalista que de una u otra manera acalla a las memorias subalternas de vecinos, trabajadores, etnias o artesanos. Los sujetos subalternos están poco o nada representados, y, cuando lo están, su figura es moldeada en torno a una retórica simplista y hasta caricaturesca que a estas alturas de la investigación histórico-social es insostenible.

El avance del capitalismo inmobiliario y comercial tiende a borrar las identidades locales que, con una estética atemporal y homogeneizante, aniquila la memoria local creando condominios y edificios sin identidad que reproducen el individualismo y la segregación socio-espacial. Comúnmente se acompañan por emporios comerciales (Malls) donde los valores de comunidad y solidaridad dan paso al egocentrismo donde el tener es más importante que el ser, de modo que los lazos comunitarios son exterminados y los bienes patrimoniales, marginados, invisibilizados o descontextualizados.   

Como se ve, patrimonializar es un ejercicio de selección, por lo tanto ¿Qué pasa con las memorias subalternas? ¿No son acaso dignas de recordar? Con la emergencia de estos movimientos sociales queda en evidencia que la valoración patrimonial no reside sólo en la memoria del Estado y la elite, sino en memorias múltiples, situadas, conflictivas y resquebrajadas; no obstante, memorias persistentes, creativas y emergentes de la comunidad, que a viva voz defienden una forma de vida que se quiere fuera de la historia. Es la vida misma, la cotidianeidad construida en comunidad, en sus espacios (calles, plazas, almacenes), con sus prácticas y rituales (fiestas, conmemoraciones), con sus organizaciones (juntas de vecinos, asociaciones deportivas, sindicatos); con su pasado, su imaginario y sus anhelos, con sus logros y derrotas. En suma, una sinergia social cuyo legado se sigue reproduciendo y trasmitiendo de generación en generación.

Es por tanto necesario hacer dos ejercicios: uno académico, el otro de gestión. Por una parte, darle un giro narrativo al discurso sobre el patrimonio para integrar los discursos subalternos y de lo cotidiano, que no tienen esa espectacularidad monumental del Estado sino el valor de una cultura social comunitaria. Por otra parte, dotar a las instituciones de patrimonialización (CMN y el CNCA) de poder ejecutivo, democratizar la elección de sus representantes, dotar de recursos suficientes para poder concretar las propuestas  de patrimonialización y aumentar los fondos concursables. Asimismo, el sector privado, el gobierno local y las universidades deben asociarse con la ciudadanía, darle espacios de opinión y colaboración para poder avanzar mancomunadamente en la investigación, defensa y protección del patrimonio local, ya que en definitiva son los hombres y mujeres de carne y hueso, las personas, y no los bienes, los constructores de los valores patrimoniales. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Vacacionando ayer y hoy en la Región de O'Higgins


Por Cristian Urzúa Aburto

El concepto de vacaciones lo podemos definir como un desplazamiento temporal con fines de esparcimiento que surge en las sociedades industrializadas. Se encuentra asociado al surgimiento de la burguesía y las clases medias, cuya  prosperidad económica posibilitó tiempos de ocio. El turismo alcanza masividad cuando los obreros, en su lucha por mejores condiciones de trabajo, logran regular el trabajo a destajo, con el descanso dominical y vacaciones anuales. Así, por el constante ajetreo de la vida urbana, el deseo de escapar de la presión, evadir el estrés y relajarse se hizo cada vez más necesario.  

Como condición previa del desarrollo del turismo en Chile era necesario crear una estabilidad social y política durante el periodo republicano, asegurando los caminos de los bandidos que tan frecuentemente caían sobre los viajeros. Así mismo, era necesario el desarrollo de una infraestructura vial que permitiese rápidos desplazamiento de norte-sur y desde el valle a la costa.

Esto se logró con la construcción del ferrocarril al sur (que en 1862 llega a San Fernando) y el ramal de San Fernando a Pichilemu (que llega a la costa en 1926). Con la aparición de vehículos motorizados desde la década del 1920 (autos, camiones y buses), y la construcción de carreteras de alta velocidad a mediados del siglo XX aparecen las empresas del transporte que crearán una alta conectividad local.

Parque Ross en Pichilemu
En 1975 se funda Sernatur, que reconoce la actividad turística como un potenciador del desarrollo. Desde entonces, el turismo se convierte en una política pública que busca potenciar los recursos regionales con su desarrollo y promoción. Posteriormente, hacia la década de los ‘90, las vacaciones se mercantilizan, apareciendo la “empresa turística”, encargadas de sistematizar rutas y ofrecer convenientes “paquetes” para vacacionar, ahorrando costos de operación para comodidad del turista.

Desde temprano, podemos reconocer viajes de extranjeros hacia la región, aunque muchos de ellos tenían más bien un carácter político, militar, económico o científico. Sin embargo, desde mediados del siglo XIX tenemos noticia de que los habitantes de los valles centrales realizaban el tradicional “viaje a la costa” desde las capitales provinciales y los pueblos aledaños hacia los poblados de Bucalemu, Cahuil, Pichilemu o Matanzas. Las familias preparaban sus carretas, enyugaban los bueyes y partían rumbo hacia la costa a casa de familiares ("los costinos") o donde alguien pudiera alojarlos.

Con la aparición del ramal a Pichilemu estos viajes se hicieron más constantes. Los “turistas” llevaban pan amasado, huevos duros, fiambres y humitas; realizaban asados de carneros o cazuelas con su infaltable botella de vino, mientras entonaban cantos y se bailaba cueca. Desde la década de 1950, estos viajes fueron realizados en camiones particulares y luego en buses comerciales.

Es por esta razón que la costa, y en particular su balneario histórico, Pichilemu, se convirtió en una zona de veraneo por excelencia para los habitantes de la sexta región. Primero, de las clases altas, un centro aristocrático de importancia construido por la familia Ross; luego, de clase media y popular, atraídos por la belleza de sus rincones, el  “carrete nocturno” y sus playas aptas para deportes acuáticos, en especial el Surf en Punta de Lobos y Navidad.

Surfeando en Pichilemu
El otro lugar de importancia de la sexta región es la zona cordillerana, que ofrece múltiples opciones para los veraneantes. Montaña adentro encontramos las Termas de Cauquenes y las Termas del Flaco que desde tiempos remotos ofrecen sus aguas medicinales y baños de barro. En la cuenca del Cachapoal encontramos la Reserva Nacional Río de los Cipreses, donde podrá encontrar la vegetación, flora y fauna característica de la región de O’Higgins como el cóndor, el zorro culpeo y el guanaco. Agencias especializadas realizan viajes a Sewell, que es hoy patrimonio histórico de la humanidad. En la “ciudad de las escaleras” puede usted conocer las habitaciones de los empleados y trabajadores, su capilla, museo y cancha de bowling, entre otras atracciones.

Sewell
El río Cachapoal y Tinguiririca, con sus respectivos afluentes, esteros y arroyos, sirven, ayer y hoy, a las familias para solazarse en el frescor de sus aguas y para la práctica de la pesca. Tras la construcción del lago artificial de la hidroeléctrica Rapel se formó desde la década de los ‘80 un gran centro de deportes náuticos (velero, esquí acuático y pesca) y centros de camping que hasta el día de hoy sigue siendo un referente para el turismo local.


Como reconocida zona “huasa”, el “turismo rural” no podía estar ausente. De forma reciente se han implementado iniciativas que promueven la cultura y el folclor tradicional de los pueblos. Como centros artesanales emblemáticos permítasenos recomendar los pequeños pueblos de la región como Doñihue, la capital del tejido campesino, y Chimbarongo, por su industria artesanal del mimbre. El rodeo en distintas localidades continúa siendo el deporte local por excelencia. Estos pequeños poblados presentan ese encanto rural y tradicional del chile central donde podrá encontrar al típico huaso, escuchar tonadas campesinas o degustar una cazuela de autentica gallina de campo.

El carácter histórico de esta zona es en sí una forma de atractivo turístico que se puede observar en las ciudades de Rancagua, San Fernando, Santa Cruz, San Vicente de Tagua-Tagua o Pichilemu, que albergan una amplia gama de edificios históricos, monumentos y museos. Los museos que se pueden visitar en esta zona son el Museo Regional de Rancagua, El Museo del Cobre en Sewell, El Museo de Colchagua de Santa Cruz, El Museo de La Laguna de San Vicente de Tagua-Tagua y el Museo del Niño Rural de Ciruelos. Dentro de este concepto podemos agrupar también a las distintas haciendas o casas patronales que perviven en la región y que constituyen un legado cultural importante por su arquitectura y significado histórico. Casonas importantes que se pueden visitar en la región son la hacienda El Huique en Palmilla y la casa Patronal Lircunlauta en San Fernando.

Museo Lircunlauta
La gastronomía local no se ha quedado atrás. ya que con la conformación de distintas actividades se ha logrado promover los sabores tradicionales. Dondequiera que vaya usted encontrará esa “picada” local donde podrá degustar la comida tradicional chilena (cazuelas, asados, empanadas, humitas, etc., etc.) o visitar esas antiquísimas tabernas donde podrá tomarse desde un "pihuelo" hasta un “terremoto”. A lo largo del año se organizan distintas fiestas tradicionales (vendimia, trilla, chancho muerto o esquila) donde se expone lo más característico de cada pueblo. Y, para quienes tienen el bolsillo holgado, pueden recorrer las exclusivas rutas del vino de los valles de Cachapoal o Colchagua, degustando de los mejores vinos del mundo.

Así, la región de O‘Higgins ofrece la más variadas alternativas, al alcance de todos los gustos y bolsillos, para pasar el verano en los más bellos paisajes que ofrece esta singular geografía del valle central chileno.